Alberico, rey de los Nibelungos, forjó un anillo de oro celestial. Un anillo de tal poder que podía doblegar todas las cosas a su voluntad. Wotan, el Padre de los Dioses, se apoderó de él para liberar a la diosa Idunn, guardiana de las manzanas de la inmortalidad- Pero cuidado con la maldición… Para aplacar sus efectos, Wotan compartió el lecho con incontables mujeres mortales. De estas uniones nacieron Siegmund y su hermana, Sieglyn, también portadores del fuego oscuro del anillo… La maldición de los Nibelungos abandonó entonces la tierra de los dioses para llegar a Mannheim, la tierra de los hombres. El destino de dioses y mortales quedó irrevocablemente entrelazado…
EL CREPUSCULO DE LOS DIOSES
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